Bajo un cielo turquesa que parece pintado a brochazos de fiesta, El Vado despierta la ilustración de Pato Orellana “El Cuervo” como un barrio que no pide permiso para mezclar tiempos, acentos y personajes. La escena vibra: banderines cruzan la calle, el adoquín guarda historias y la esquina verde del tradicional bar hace de escenario y refugio. Aquí, la crónica no camina: vacila.
Orellana retrata El Vado como un teatro popular donde conviven lo cotidiano y lo improbable. Caricaturas de la cultura global se sientan en la vereda cuencana, no como invasión, sino como guiño: el barrio los absorbe, los vuelve vecinos por una tarde. La música imaginaria suena en el gesto de los personajes, en los pasos torcidos del peatón, en el murmullo del bar que nunca cierra del todo.
La arquitectura —esa esquina emblemática— no es telón de fondo, es protagonista. Las fachadas sostienen la memoria del oficio, del encuentro, del “quédate un rato más”. El cielo, ocupado por naves y sueños, recuerda que El Vado siempre ha sido puerta: de entrada y de salida, de barrio y de mundo.
Esta ilustración es una crónica dibujada: El Vado vacilando, celebrando su tradición sin solemnidad, defendiendo la calle como espacio común. Pato Orellana firma un retrato donde Cuenca se ríe de sí misma, se reconoce y, entre brindis y caricaturas, reafirma que la identidad también sabe bailar.

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