Cuenca no camina: chapotea con las plumadas del Cuervo.
Bajo un cielo que anuncia Carnaval 2026, la calle se vuelve escenario y charco a la vez. Las casas patrimoniales casi serias todo el año, hoy miran de reojo, cómplices, cómo la ciudad se desarma en risas, baldes y espuma. No hay orden, pero hay tradición; no hay silencio, pero hay memoria.
Ahí están todos: el que cae en la trampa del balde desde el balcón, el niño que se bautiza en la acequia urbana, el desprevenido que juró cruzar seco y termina empapado hasta el alma. El agua corre como noticia urgente, salpica verdades, iguala clases sociales y borra títulos académicos. En Carnaval, Cuenca es democrática a baldazos, bombazos de agua y bastantes polvos de colores.
El trazo caricaturesco de las plumadas del cuervo lo dice todo: cuerpos exagerados, caras felices, caos organizado. La calle es cancha, cocina y trinchera. Se fríe, se baila, se moja. El juego no pide permiso ni explicación: se hereda. Viene de los abuelos, pasa por los padres y aterriza sin frenos en los guaguas que ya aprenden que aquí el Carnaval no se mira… se sufre con gusto.


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